lunes, 4 de noviembre de 2013

CAE LA TARDE PLACIDAMENTE



Cae la tarde plácidamente. El Pabellón número dos, hospital psiquiátrico, segundo piso, caras desvirtuadas por la angustia de no tener sus drogas acostumbradas, se reúnen a jugar cartas en la sala de estar. Esas mujeres son  las mujeres que han ido a parar al pabellón de los menos agresivos. Algunos lo son pero las drogas legales hacen su efecto cuando reaccionan en forma violenta, también hay un par de mujeres de edad que cuentan con orgullo las razones del por qué están ahí encerradas mientras cumplen condenas por haber dado muerte a sus  esposos. Una mujer flaca a la que se le ven los huesos como en una radiografía se mira en un espejo y alega que está muy gorda y no quiere recibir su merienda, ella está hospitalizada por  anoréxica.
En el pabellón número dos sorprende ver a la niña rubia, aun distinguida, hermosa, de voz suave. Las otras le miran con curiosidad pensando en que puede ser una modelo.  Ella está angustiada al considerar injusto se le interne por ser consumidora de drogas, no reconoce ser adicta. Bueno, todas las que llegan a ese estado dicen lo mismo. No es su culpa porque la droga les impide reconocer esas verdades tan dolorosas. Mira con miedo, rabia,  el lugar donde ella no pertenece, no es su hábitat, pero ahí está ella, junto a las otras que ya son antiguas.  Le dicen  el “pabellón de  las recién llegadas”, el de las jovencitas rebeldes que dejan su casa un día cualquiera para salir a navegar por la vida con rumbo desconocido. Sed de aventuras. Sed de tener experiencias que le han contado esas amigas mal intencionadas que nunca faltan.  Todo es tentación a sus veinte años.  Ahora, quizá, se convenza  que necesita un cambio de vida.  Recorre con sensaciones encontradas el lugar. Todo es novedoso:  emociones, ansiedad, curiosidad.  Algunos se acercan,  la saludan con un” hola” inseguro. Todas la miran, ella siente cómo llama la atención su presencia allí.  Todos le  dicen “Hola niña rubia”.
La sacan a dar una vuelta junto a las otras. Recorren por fuera todos los otros pabellones. Mira con sorpresa esas caras asustadas, agrestes, rudas. Son personas con dolores arraigados que se reflejan  en sus rostros ajados, cuerpos cansados.  Miran a un  punto desconocido. Sus ojos se clavan en punto definido mientras van balanceando sus cuerpos. Los pasillos son oscuros,  un poco tétricos; murallas altas imposibles de saltar. Guardias por todos lados esperando, deseando que algo diferente ocurra para evitar el tedio de tener que cuidar a esos seres humanos  desviados de su ruta por la vida.  Ellos son los guardias que deben evitar que se arranque y huyan del edificio. Ellos saben  que son individuos que eligieron  la droga, el alcohol, la marihuana, otras y otras yerbas que lo único que hacen es dañar el cerebro de los “débiles”,  apartando  de sus vidas el hogar tranquilo que los acoge y los guarda. Familia sin gracia dicen algunos, aquellos hijos rebeldes que han optado por saltar pasos en la vida logrando con ello romper los vínculos familiares, rompiendo las normas, las reglas establecidas por la sociedad.
¿Dónde quedaron las enseñanzas morales y éticas?.  ¿Dónde quedó escondida la decencia, el pudor?. Droga maldita que hace perder la conciencia del bien y del mal. Alcohol que nubla la mente y corrompe el alma rompiendo las neuronas bien nacidas que al nacer a la vida su madre aportó en sus genes.  Aquella yerba  que mentirosa engaña a la ley diciendo que es buena no reconociendo que su uso conlleva a otros vicios. Así pasan los días que parecen interminables. Las horas se hacen eternas provocando el miedo, el terror a lo desconocido. Así  pasa el tiempo y entre pastillas y líquidos se les van pasando los días.
Ella  es conversadora y no se aisla de los otros, a pesar de sus miedos quiere descubrir el misterio de aquellas vidas. Nunca vio nada parecido dándose cuenta que ha  vivido lejos de una realidad desconocida. Ni siquiera conoce en qué lugar de la ciudad existe ese hospital.  Todo le llama la atención es como un juguete nuevo que nunca tuvo.  Pero el hastío aparece dejando las huellas del cansancio del día. Ve su rostro grabado en  la ventana de la sala de fumadores. Allí está ella con sus apenas veinte años  a cuestas.  Que pesado le parecen ahora aquellos días perdidos en ese encierro que aún no sabe cuándo acabará.
La noche invade el recinto. Las enfermas  no pueden circular por los pasillos. Siente un timbre que le indica que debe retirarse a dormir con las otras compañeras.  Le teme a  la oscuridad de la habitación, ella sabe que puede  tener algún problema con las enfermas agresivas.  Piensa un instante en cómo será el día siguiente.    No sabe si la familia vendrá de visita.    Por las experiencias de sus compañeras piensa en que a ella también la pueden abandonar ahí en ese lugar tan inhóspito, tan frío e indiferente.  El llanto asoma a sus ojos y piensa en que debería estar en su cama junto a su hija pequeña. Se lamenta y se promete  dejar todo lo malo y recuperar lo que hace tiempo ha venido perdiendo por su irresponsabilidad. Se da cuenta que  debe recuperar su respeto, su mente, su esencia  de mujer sana y buena.
La luz de la habitación se apaga, sólo entra la luz apenas perceptible del pasillo. Los ojos se le cierran y duerme plácida como niña inocente…


Derechos Reservados
Ivonne Concha Alarcón
04.FEB.2010
Santiago de Chile